|
<...mis
articulos
La ceremonia del Té
y el jardín japonés
Introducción
Una mentalidad diferente
Un poco de historia
La actitud interior
El jardín japonés
Descripción de una ceremonia del té
Bibliografía
¡Barrido por el viento
el humo del monte Fuji
se desvanece en el cielo!
¿A dónde van, quién lo sabe,
los deseos de mis sueños?
«Saigyo Hoshi»
Introducción
Siempre que estudiamos un pueblo
oriental, surge el mismo problema: ¿estamos preparados
para conocer esta cultura?, ¿somos lo suficientemente objetivos
como para entenderla?, ¿podremos dejar de lado, siquiera
por un momento todos nuestros prejuicios sobre lo que es normal
y lo que no lo es? Hagamos un esfuerzo y entremos en un mundo
fascinante.
El Pueblo Oriental se ha destacado
por intentar, desde hace cientos de años, el desarrollo
de una tecnología del mundo interno del Hombre; se ha dedicado
a esclarecer la vida interior, a buscar lo espiritual tanto en
el ser humano como en la Naturaleza.
Mientras, en Occidente nos hemos
dedicado más a desarrollar una tecnología que nos
facilite la vida exterior descuidando la interior.
La ceremonia del té no es
tan sólo un ejercicio de destrezas y habilidades, sino
un camino donde se depositan los principios, verdades y enseñanzas
que benefician al hombre y le educan. Representa una tradición
y recorre muchas generaciones que han de transmitirla.
Una mentalidad
diferente
En Japón pervive una mentalidad
mágica junto con un potente desarrollo industrial. Pero
a nosotros no nos es tan fácil comprender eso de la tecnología
de la vida interior, y mucho menos practicarlo y vivirlo. El Japón
vive con parámetros diferentes a los nuestros, su concepto
de las cosas respira armonía con la naturaleza, respira
trascendencia.
EI arte japonés también
es diferente y toma gran parte de su sentido del Budismo Zen;
este concepto de «arte» está íntimamente
ligado a la ceremonia del té:
«El termino «arte»
abarca lodo aquello que tiene valor para el desarrollo del carácter
de una persona, para el acercamiento del sí mismo interior
a la belleza.
Para el artista, lo único
esencial es una devoción interna en la creación
de la belleza natural.
Cualquier actividad puede ser elevada al nivel de arte, porque,
en cualquier caso, el hombre sigue siendo su centro. El arte es
obra de salvación, de iluminación y de libertad,
y lo bello se vuelve camino, paso, sendero entre el Yo y el Todo.
El discípulo debe haber
experimentado la «unidad» que reside en la obra. La
apreciación artística es transformada en meditación.
El simple conocimiento de su forma, de su técnica, no es
suficiente. La comprensión sólo se logra cuando
podemos sentir la resonancia que la obra produce dentro nuestro
una vez captada su naturaleza más interna. Para un occidental,
sólo cuando estemos hartos de apreciar una pintura, podremos
experimentarla en el sentido japonés».
Veamos alguno de estos conceptos extraídos del libro “En
la Nieve, la Rama Florecida”, de Horst Hammitzsch:
«Para el Japonés la
ceremonia tiene un claro significado: es la forma en que el hombre
participa de la leyes de la naturaleza y el orden universal, donde
todo el ceremonial apunta al despertar de esa vida interior radicada
en la quietud, experimentando así, una especial alegría.
Y si no se tiene la experiencia, al menos, educa y prepara el
camino para la consecución final, lo cual ya es mucho».
Otro concepto japonés es
el de las vías; existe la vía de las flores, de
la pintura, de las artes marciales, de la poesía, la vía
del té y algunas otras. Pero ¿qué significado
interno posee el concepto de la vía?:
«Una vía viene de
algún lado y conduce a algún otro lado. Su meta
es apresar los valores internos, despertar lo escondido dentro
de sí. La vía permite liberar las ataduras de las
cosas, y hacer libre al corazón. Lograr la perfección».
Un poco
de historia
Decir cuándo se empezó
a beber té sería imposible, pero se atribuye a Lu
Yu, del período Tang (61 8-906) en China, el mérito
de asentar sus comienzos en una ceremonia. Compuso el Clásico
del Té, «Cha-Cing», un extenso tratado sobre
dicha bebida.
Fue en el sur de China donde los
monjes zen ayudaron a hacer del té una ceremonia de autorrealización;
para ello había que seguir un estricto ritual frente a
la pintura del Primer Patriarca Zen en China, Bodhidharma, los
monjes bebían compartiendo un cuenco. Pero esta tradición
se pierde en China y sólo se preservará en Japón,
como otra de las muchas herencias del período Sung (960-1279).
Subsistiendo en los templos Zen Japoneses, ayudaba a mantener
la atención durante los ejercicios de meditación
y a fortalecer la concentración de los monjes. Pero fue
gracias al maestro Eisai (1114-1215) como la bebida se extendió
y cobró popularidad. Desde entonces la historia del té
y su ceremonia va a tener tres etapas; una primera «Médico-Religiosa»,
una segunda de «Fastuosidad», y una tercera «Místico-Estética»
En los siglos XIV al XVI se dio la etapa de fastuosidad: existieron
las competiciones, había que distinguir el tipo y la procedencia
del té degustado. En las salas había adornos, incluso
pinturas del Buda. Después de tomar el té se ofrecía
un alegre banquete de platos selectos de pescado y vino de arroz.
Sólo se parece a la vía del té en lo formal,
y nada en la actitud.
Luego fue evolucionando hacia las
tertulias (Un-kyakucha a kai). Se bebía té flojo;
luego había un baño comunal, y se bebía más
té. De las paredes colgaban rollos de caligrafía;
había arreglos florales, biombos, frutas. No existía
la rica ostentación de antes con las competiciones. Su
espíritu se empezaba a parecer a una ceremonia. Pero para
que una ceremonia sea tal, se deben observar una serie de reglas
fijas (con alguna libertad de variación) que le den ese
carácter ceremonial donde entran en juego las leyes de
la naturaleza. Fue con la influencia de la clase guerrera, que
seguía un estricto código de conducta, cuando la
ceremonia adquirió una serie de reglas.
Tras muchas transformaciones, en
el siglo XVI, las reglas de la ceremonia se hicieron aún
más estrictas. Los maestros del té trabajaron en
ese sentido y lo lograron. Ya entonces la Vía del té
no se limitaba a la forma exterior de la ceremonia, sino que tenía
por objeto transformar el procedimiento exterior en busca de una
actitud interior En los siglos XVIII y XIX cayó en la superficialidad
y fue símbolo de un estatus social; sin embargo, el espíritu
de la ceremonia del té no pudo nunca ser comprado y su
transmisión se llevó a cabo en círculos muy
cerrados. Ahora, en el siglo XX, ha vuelto a renacer, pues con
el desarrollo industrial, técnico, político, y las
tensiones financieras, la ceremonia del té ofrece un lugar
de autorrecogimiento, una fuente de la que extraer nuevas fuerzas,
un lugar de paz y silencio.
La
actitud interior
La actitud que debemos tener al
entrar en una sala de té es muy especial. El maestro Shukó,
que ayudó en sus comienzos a su espiritual desarrollo,
nos lo resumiría diciendo que lo peor que se puede hacer
es tener arrogancia y egoísmo en el corazón, tener
envidia al hábil o desprecio al principiante: estos son
verdaderos demonios. Transfórmate en amo de tus deseos;
no dejes que tus deseos se transformen en tu amo; el corazón
no debe ser atraído por lo externo sino por lo interno:
hay que captar la belleza de lo simple y sencillo y rechazar lo
excesivamente exquisito y fino. Para Shukó la ceremonia
del té sería el marco ideal donde el hombre puede
y debe abrir su corazón; y no en el mundo donde prima el
interés material.
«¿Por qué debe ser allí donde esparzas
tu fragancia, tú, flor virginal, allí donde el vulgar
chismorreo esparce su veneno en este mundo?» (Shukó).
Otro gran maestro, Ta-kemo Joo
(1502-1 555), nos diría que todos debemos hacer un esfuerzo
para que la soledad reverente y afable pueda surgir espontáneamente.
Pero para esto el corazón debe estar libre de cosas terrenas;
entonces uno, con mucha práctica, se transforma en «espejo
de la humanidad»
El maestro Sen Soeki Rikyu nos advertiría que hay que entrar
con devoción hacia lo sencillo, sin pensar que nadie es
superior a nadie, no hay rangos en la ceremonia del té,
todos somos iguales internamente, en esencia. Hemos de tratar
de no hablar vulgaridades ni antes, ni durante, ni después
de la ceremonia.
Pero el que más se va a
extender en explicar la actitud es el maestro del té y
también maestro de espada Takuan Suho: «Dejad que
una persona restaure su corazón con viejos utensilios de
té; no le dejéis que olvide los paisajes de las
cuatro estaciones; no dejéis mostrar servilismo, deseo,
vanidad. Simple, honorable, recta conducta... eso es el Chanoyu
(ceremonia del té). Así, dejad que una persona tenga
deleite en la armonía natural del cielo y de la tierra;
«dejad que trasplante montañas, ríos, árboles
y rocas junto a su propio fuego y experimente los elementos dentro
de sí. Dejad que trace las fuentes del cielo y de la tierra
y saboree en su boca el gusto del viento. Placer en la armonía
del cielo y de la tierra... esta es la Vía del Chanoyu».
Takuan Suho vuelca su atención
en estos cuatro conceptos, brevemente reseñados: Reverencia,
armonía, pureza y tranquilidad.
* Reverencia
(kei) es respeto por la otra gente y autocontrol
mental; también es respeto por todos los seres vivientes.
* Armonía (Wa) revela
una conducta personal en relación con todo el entorno
y un autoajuste
con él, el corazón estaría entonces en
cierto estado de «gracia».
El Kei y el Wa, combinados, engendran
un sentimiento profundo que une al hombre con todos los seres
y lo impulsa a participar de todo corazón.
* Pureza (Sei)
es limpieza exterior e interior, el cual debe ser también
ético y moral. Es una limpieza con raíces en la
simple naturalidad.
* Tranquilidad
(Jaku) es el último y más difícil
de aprender. Es una tranquilidad especial, una tranquilidad
rodeada de paz en el corazón, con soledad... una tranquilidad
que se experimenta y que a la vez reside dentro de uno. Una
tranquilidad que exige alejarse de todo lo ruidoso y extraño
a la vida interior. Donde los deseos mundanos se extingen y
son reemplazados por el vacío (Ku) que es también
silencio, entonces se alcanza el conocimiento, comprensión
a través de la intuición, es la sabiduría
trascendental, los valores eternos del hombre afloran en su
plenitud; es el fin último no sólo de la ceremonia
del té, sino del Budismo Zen.
El
jardín japonés
Hay, fundamentalmente, dos tipos
de jardines, cada uno dimanante de conceptos distintos. Uno es
el Tsukiyama (panorámico, a base de colinas y lagos), y
otro el Hirami-wa (pequeños, planos y con muy pocos elementos).
El jardín de Tsukiyama está inspirado en el budismo
«jodokyo» o de la Tierra Pura, que habla de un mundo
paradisíaco después de la muerte. Estos jardines
se esfuerzan en incorporar los elementos de la Tierra Pura y de
las Islas de los Inmortales, símbolo de la propia inmortalidad
del hombre. Por eso en estos jardines encontramos lagos con lotos
(flor sagrada) e islas solitarias.
Pero el jardín Hiramiwa
sería más propio del salón de té y
del templo Zen. Sus escasos elementos (agua, piedra, árbol
y farol) pueden sugerirlo todo, desde la musicalidad de una cascada
hasta la inmensidad del océano infinito. Esta idea llevada
al extremo da como resultado los jardines de roca y arena, llamados
de meditación, que simbolizan, entre otras cosas, el equilibrio
universal, la naturaleza desnuda. Ese equilibrio, esa quietud,
no es sino un estado de conciencia, por eso el jardín solo
sugiere, los estados de conciencia los debe poner cada uno.
Descripción
de una ceremonia del té
Existen muchos tipos de ceremonias
diferentes, pero podemos intentar una aproximación (basada
en la escuela Omoto Sin Kei, discípulo de Senno Rikiu),
eso sí, sin pretender explicarlo todo, sino sólo
lo principal:
El maestro de té ya ha hecho
los preparativos, y todo está listo en el lugar de la ceremonia
o Chasitsu (también llamado Sukiya, Chaya, Kakoi, etc.).
Las obras de arte, que servirán para la ceremonia, han
sido escogidas teniendo en cuenta la estación del año
y las características de los invitados.
En el jardín
Los invitados esperan en una zona
del jardín o Rogi llamada sala de espera, Machiai, donde
hay símbolos que recuerdan lo que se va a vivir. Allí
se conocerán y saludarán y hablarán poco,
sólo admiraciones hacia el Rogi, y luego se volcarán
en el goce del silencio. El Rogi se divide en dos: el Rogi exterior
y el Rogi interior, que ya formaría parte del Chasitsu.
Se entreabre la puerta que separa los dos jardines y los invitados
entran inclinándose por ese pequeño acceso. Eso
predispone a la humildad, es una ayuda a la verdadera actitud.
Entran en el Rogi interior, y todo su simbolismo les penetra,
con cada paso que dan, el mundo de lo cotidiano con su bullicio,
se desvanece en la mente. Así, libres, se entregan a ese
mundo del silencio. El invitado se purifica y armoniza su corazón
y éste resuena en simpatía con el rocío,
los árboles, los manantiales y las rocas.
Rogi se descompone en Ro (manifestar)
y gi (corazón, alma), significa algo así como manifestar
el alma o abrir el corazón. Es el primer escalón
en la vía del té. Puede tener varios senderos, pero
el maestro ya ha señalado uno en concreto que les llevará
hasta una fuente o un recipiente con agua fresca y pura; allí
se enjugarán la boca y las manos; es un lavado simbólico.
En el Chasitsu o choza
de ceremonias
Al fondo se vislumbra ya el Chasitsu.
Una sencilla choza con tejas de madera en un ambiente boscoso
donde se respira paz. Sólo tiene ventanas pequeñas
que escasamente permiten la vista al exterior, así se crea
la atmósfera interior necesaria. Su carácter es
de naturaleza efímera y tiene su origen en el templo Zen.
Sus materiales son simples y naturales: bambú, junco, madera,
barro, paja... Su tamaño es muy reducido, entre tres y
seis metros cuadrados. Su construcción es asimétrica,
pues sólo lo libre de repetición y asimétrico
promueve el desarrollo creativo; lo simétrico limita. El
salón de té es la humilde ermita, la pequeña
choza de paja de aquel que, sensible a la belleza, le rinde su
culto y se une a la naturaleza. Es denominada de muchas formas:
«Choza de la creatividad», «Choza de inconclusión»,
«Choza de vacuidad», «Choza de la montaña
oculta», «Casa de la fantasía», «Otro
mundo», «Casa de lo asimétrico»...
Antes de entrar, los señores
de la guerra deben dejar sus armas, pues en el salón de
té no hay rangos ni enemigos, sólo hombres hermanados.
Entran los invitados dejando el calzado fuera para no llevar las
impurezas del mundo a la choza sagrada. La puerta de acceso es
pequeña y obliga a agacharse y entrar de rodillas, el piso
está a unos setenta centímetros del suelo. Una vez
dentro admiran los pocos y sencillos elementos artísticos
que adornan la vacuidad del salón, que pueden ser una pintura,
un texto poético, etc. Se prepara el hogar encendiendo
el carbón de forma que su calor sea constante, se añaden
unas bolitas de incienso, y se coloca dentro el hervidero con
agua muy pura. Al hervir se oirá un murmullo que transportará
la imaginación al ruido de las olas, el viento entre los
pinos, el murmullo de un riachuelo...
Primera parte
Preparado el hogar, se sirve una
frugal comida, algunos dulces y sake. Tanto los instrumentos como
los recipientes de la ceremonia, son estimadas obras de arte,
que los invitados admiran apreciando su belleza. Los recipientes
de té de estas ceremonias suelen ser de una belleza extraña
para el gusto occidental: lo vemos tosco y rústico, pero
es la manera teísta de concebir lo bello, donde entran
en juego los elementos Wabi y Sabi, no sólo aquí
sino en la cabana de té, en las pinturas, en los poemas,
en los jardines y hasta en la conducta de un teísta. Sabi
se refiere a la soledad, desnudez, vacío... Wabi es la
pobreza, la simplicidad, lo no ornamental y sincero. El resultado
son obras asimétricas e irrepetibles.
El cuenco de té tiene su
propio nombre, como «nubes de lluvia», «monte
Fuji», «la Luna dorada» etc. Todos los elementos
deben guardar una armonía tanto con el ambiente como con
el tipo de ceremonia como con todos los invitados. Se debe lograr
un estado de contemplación donde lo espontáneo sea
lo correcto.
Terminada la primera parte de la
comida los invitados salen al jardín, no sin antes llenarse
del ambiente artístico de la sala. Mientras, se prepara
todo para la siguiente parte de la ceremonia. Para ello se abre
la claraboya del techo, así entrará más claridad,
el ambiente cambiará de Ying a Yang, de sombra a luz. También
se variará el decorado y se barrerá el cha-sitsu.
Segunda parte
Una vez lista la sala se toca un
gong y los invitados quedan en silencio. Al entrar pueden encontrarse
un arreglo floral en el tokonoma (una especie de altar o nicho)
que lleva la estación de la época al salón.
En cierta ocasión un maestro de té, en un frío
y nevoso día de invierno, colocó en el tokonoma,
no las flores acostumbradas, sino un recipiente de agua clara,
de esta manera quedaba simbolizada la pura belleza de la nieve
y su misma naturaleza transitoria.
En vez de un arreglo floral puede
haber una pintura que lo represente. En la habitación la
mirada no se distrae con otras cosas. La pintura y el arreglo
floral en el nicho ocupan el centro de la atención. Las
líneas y puntos de la pintura exhalan una melodía
propia que resuena en el corazón de los invitados.
Ahora es cuando comienza la preparación del té;
sólo se oye el murmullo del agua; el maestro actúa
de manera ritual, tranquilo, sin ímpetu, sin precipitarse,
recreándose en cada uno de los movimientos sólo
lo necesario. Mezcla el agua caliente con un finísimo té
en polvo color verde muy llamativo, lo disuelve con una especie
de escobilla y lo ofrece a sus invitados. Estos cogen el cuenco
poniendo la mano izquierda debajo y girándolo lentamente
con la derecha, así admiran uno a uno el recipiente del
cual todos beben. El té obtenido nada tiene que ver con
nuestras transparentes infusiones, es más parecido a nuestro
chocolate aunque no tan espeso, ellos lo llaman «baba de
dragón», «espuma de jade fluida».
Si somos neófitos puede
suceder que tanta quietud nos intranquilice, ya sea por un sin
número de sentimientos contradictorios que nos surgen,
o por una marea de pensamientos e imágenes distorsionadas
que nos alejan de la tranquilidad acariciada en ese ambiente de
quietud. Pero si somos constantes, si tenemos paciencia y confianza,
veremos desaparecer el tumulto interior, y surgir la base profunda
de nuestro ser. Se adquiere entonces una conciencia que otorga
un nuevo significado a las cosas. Dentro de uno ya no se podrá
romper la armonía porque ahora somos la armonía.
A continuación se servirán
unos dulces y luego un té flojo en otro cuenco. Los invitados
dan las gracias por todo, pero será el maestro quien salga
primero por una puerta interior. Luego salen los invitados al
jardín y saludan con reverencias; cuando el maestro de
té sabe que están en el jardín, sale nuevamente
y desde la pequeña puerta del chasitsu saluda a su vez.
La ceremonia del té ha terminado.
BIBLIOGRAFÍA:
En la Nieve, la Rama Florecida; Horst Hammitzsch.
El Pensamiento Japonés; Hitoshi Oshima.
Nota sobre la Ceremonia del Té o Cha-no-yu; Isabel Serra
Iba.
El Libro del Té; Kakuzo Okakura.
La Hora del Té; María Rosa Schiaffino.
Blas Cubells Villaba
|