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Don Quijote antes de
ser Don Quijote
Apenas comienza Cervantes
su historia, ya vemos un Alonso Quijano que no anda bien de la
mollera, que “del mucho leer y poco dormir se le seco la
sesera y vino a perder el juicio”, que ya antes de salir
en busca de aventuras, la emprendía en sueños y
vigilias nocturnas con gigantes y malvados en el laboratorio de
sus locuras, en su cuarto de lectura nido de sueños e ideales.
Pero hay un antes de todo eso,
existe un Alonso Quijano “el bueno” amigo de sus amigos,
lector comedido y culto, buen conversador, capataz de su hacienda,
querido de todos por su buen talante, prudencia y justeza. Un
Alonso Quijano que lo tiene todo, mejor dicho casi todo, pues
sufre una picazón en sus adentros, en los enigmáticos
territorios del alma, que no le dejan vivir y disfrutar de sus
merecidos bienes. Y contempla los amaneceres de La Mancha seguidos
de otros tantos atardeceres, ve como los días se repiten
y repiten espejo uno del otro, y una pregunta que no es pregunta,
un anhelo íntimo no traducido a palabras, un dolor ante
tanta rutina, mientras se le escapa la vida, anida en su corazón
¿qué sentido tiene vivir? Y mientras esto se pregunta
las fuerzas escapan de su cuerpo, no desea hacer nada, ya que
nada tiene sentido.
Otro Quijote de nuestra fértil
España nos diría que le duele la vida, ese hombre
monumental llamado Miguel de Unamuno barrería para su concepción
del mundo y nos diría que el bueno de Alonso Quijano está
en ese punto de su vida interior donde se toman decisiones, donde
nacen los sueños y se forja lentamente el sentido de la
vida. El deseo de vivir, es decir, la vida en nosotros, es algo
irracional, muchas veces no hay una razón clara de porque
estamos llenos de vida y otras sin embargo caemos en la apatía.
“Nos sentimos vivos y con deseos de hacer cosas cuando esa
fuerza creadora del reino de los valores culturales y de los inventos
de la civilización nos recorre las venas y nos quema en
las entrañas”. Entonces le damos un sentido a la
vida, sin ese sentido no es posible la vida, el hombre tendería
a la nada, a la autodestrucción, desearía antes
estar muerto que seguir viviendo. El hombre necesita darle un
sentido a su vida, solo eso le estimulará a la acción
y a seguir viviendo.
Es por eso que dejándose
llevar, el bueno de Don Alonso, por aquello que más le
hace sentir, vibrar y soñar, se enfrasca en la lectura
desenfrenada y apasionada de los libros de caballerías.
Tiene en sí ese vació existencial del que habla
Unamuno. Para él solo hay una forma de que el hombre encuentre
su propio sentido a la vida, y es llegando a tomar conciencia,
con dolor, de que la vida así sin más, tal cual
se nos presenta, es absurda, y eso nos lleva al sentimiento de
nada que nos hace sufrir y es solo desde ese dolor, desde esa
congoja, que podemos empezar a construir el sentido de nuestra
vida, la razón no tiene respuestas para el misterio de
la vida, entonces se calla, es en ese momento cuando podemos escuchar
a nuestra alma, cuando dejamos que nuestro corazón cante,
cuando empezamos a oír una voz desde el silencio. Por eso
se vuelca a leer libros de caballerías, por eso.
¿Qué importa si son
mentiras? Él las lee y relee y se las cree a pie juntillas
como en un acto de rebeldía contra el aparente sin sentido
de la vida. Pues todo es según el cristal con que se mira.
Como diría Unamuno: Todo es verdad en cuanto alienta en
nosotros cosas buenas, cuando nos hace generosos, valientes y
nos mueve a acciones heroicas. Y es mentira todo lo que nos ahogue
impulsos nobles y tengan como fruto monstruos. Toda creencia que
nos haga obrar bien es verdad. La vida es el criterio de la verdad,
si algo da vida es verdad. Y si las matemáticas matan la
vida, son mentira las matemáticas. “¿Qué
no son ciertos los libros de caballería? Léalos
y verá el gusto que recibe de su leyenda”. Son más
ciertas que la historia misma, que aunque verídica es pasado
y lo pasado ya no es, ya que solo existe de verdad lo que da vida,
lo que mueve a obrar encendiendo los corazones o trae consuelo
a nuestra alma en los malos momentos , eso es mil veces más
real que los hechos históricos. Los hombres razonables
solo tienen razón, piensan sólo con la cabeza y
hay que pensar con todo el cuerpo y con toda el alma.
Ese y no otro es el sentimiento
de nuestro futuro Don Quijote antes de ser Don Quijote, un sentimiento
de grandeza, un hambre de ser que le emparienta con los héroes
y hasta con los dioses inmortales. Y así pues, sucedió
lo inevitable, la transformación de Alonso Quijano en Don
Quijote, que no sucedió de pronto pero que sí se
decidió en una de tantas vigilias: “La noche fue
siempre el reino de las almas profundas y vigilantes, la cumbre
de la más alta meditación, el blando reclinatorio
de las plegarias, el espejo más puro de lo sobrenatural...
En estas horas de soledad y de misterio se nutren las almas escogidas
de singulares revelaciones, de altos pensamientos que sobrepujan
lo humano y traen como un sabor a lo divino, en estas horas tienden
los ángeles su escala entre el cielo y la tierra, se abre
la puerta de los sueños, dice el amor sus "escuchos"
y buscan los héroes el camino de la inmortalidad. Así
Don Quijote, pálido y ansioso, de cara a las estrellas,
con los ojos mojados en lágrimas, siente brotar de su pecho
mil voces íntimas que le empujan fuera de sí mismo,
a través de la noche, por encima de las lindes prosaicas
en que yace. Una plenitud espiritual, una oscura impaciencia,
un ímpetu desbordado y generoso le tiemblan, como alas
finas y valientes, en las raíces del corazón...”
Y fue entonces que “le pareció
convenible y necesario, así para el aumento de su honra
como para el servicio de su república, hacerse caballero
andante”. Todo lo demás que sigue a tan descabellada
decisión es el efecto de lo heroico impactando el mundo,
es la realidad del alma en lucha con la realidad de lo cotidiano
y banal, es el fuego del espíritu entrando en contacto
con las aguas de la tierra.
Bibliografía:
Vida de Don Quijote y Sancho. Don Miguel de Unamuno.
Las mujeres del Quijote. Concha Espina.
El Quijote. Don Miguel de Cervantes.
Blas Cubells Villaba
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