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Viajando por Soria
Gemma Herrero y Blas Cubells
Desde que visitamos el
Cañón del río Lobos, hace ya varios años,
teníamos la inquietud de conocer Soria, esa tierra de la
que tantas cosas nos habían contado, a pesar de no salir
nunca en las noticias.

El monasterio cisterciense de Santa
María de Huerta, al sureste de la provincia, es nuestro
primer encuentro con Soria. Reúne varios estilos que van
desde el gótico, mudéjar, herreriano, plateresco...
El cenobio fue fundado en el siglo XII; la orden procede de Francia
y se regían por la Regla de San Benito conocida como “Regula
Sancti Benedicti”, de 73 capítulos. El principal
y más conocido mandato es: “Ora et Labora”.
Pusieron especial cuidado en regular los horarios para conseguir
un equilibrio entre el trabajo, la meditación, la oración
y el sueño. Sin embargo tenían una clase de laicos
llamados conversos, que eran los que “laboraban”
las fértiles huertas de las que solían rodearse
para autoabastecerse y evitar la tentación que siempre
acecha extramuros del cenobio. El impresionante Refectorio ha
sido escenario de más de una película. Cuando se
reunían para comer tenían que hacerlo en silencio,
mientras un monje leía algún pasaje Bíblico
desde lo alto de su magnífico púlpito, de esa manera
alimentaban a la vez cuerpo y Alma. La cocina de 80 metros cuadrados
da idea de la actividad que llegó a tener en sus mejores
momentos.

Continuamos camino hacia el Norte
y somos tragados por grandes campos de girasoles, los mismos donde
se rodaron algunas de las escenas de la película “El
doctor Zhivago”. Llegamos a Morón de Almazán,
señorío de los Mendoza, con su espectacular plaza
escalonada del siglo XVI, donde no podía faltar la picota
o rollo jurisdiccional, lugar donde se exponían las
cabezas o cuerpos de los ajusticiados para escarnio público.
La picota es un elemento que volveremos a encontrar en muchos
de los pueblos que visitamos; su uso aún perdura en nuestro
castellano, pues cuando se quiere instar a alguien a hacer algo
que le cuesta o le da vergüenza se dice “¡A la
picota!”. La plaza está coronada por la iglesia de
Nuestra Señora de la Asunción, y junto a ella, ¡sorpresa!,
encontramos un pequeño y abandonado Camposanto salpicado
de cruces de forja, todas con la foto del difunto y una breve
biografía. Las tumbas son de principios del siglo pasado
y, por un momento, nos transportó al escenario de alguna
vieja película. Un lugar al que no quisiéramos volver
de noche...
Hospedados
ya en Soria capital, nos levantamos temprano y vemos amanecer.
El Duero, envuelto en sombras, brilla sin embargo como si fuera
un espejo, y a medida que el sol se levanta, una atmósfera
luminosa lo envuelve todo. A lo lejos divisamos el Monte de las
Animas donde el romántico Bécquer ubicara su famosa
leyenda de espectros de templarios surgiendo de la noche. Al pie
del monte visitamos el famoso claustro románico de San
Juan de Duero, que fue parte de un monasterio de Hospitalarios
de San Juan de Jerusalén. Estos lugares solían construirse
en parajes de supuestas fuerzas telúricas, así lo
contó el vigilante del claustro que nos inició en
un pequeño secreto, y es que allí suelen ir grupos
a meditar por las energías que parecen fluir del lugar.
Quisimos hacer la prueba con una medalla (radioestesia) y, medio
en broma, fuimos testigos de esas energías que hacían
girar la medalla como loca ¿estamos ante algún tipo
de puerta?...
Siguiendo el Duero andamos el paseo
de San Polo hasta San Saturio (patrón de Soria), pasos
que tantas veces hiciera Antonio Machado por lo que es llamada
“La ruta del poeta”. San Polo fue un monasterio templario
que hoy es propiedad privada y no se puede visitar, sin embargo
para proseguir el camino, tenemos que atravesarlo por un pasaje
cubierto de hiedra que en su día debió ser el acceso
principal, o tal vez el celoso guardián del misterioso
San Saturio, que como un fuego pétreo, se yergue sobre
el Duero, iluminado por los primeros rayos de sol. Se trata de
una ermita colgada sobre una roca en perfecta comunión
entre cueva pétrea natural y arquitectura humana; vemos
detrás de todo ello la enigmática mano de la Orden
del Temple.
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Soria existe (por si alguien lo
dudaba) en todos sus colores, desde el amarillo de los campos
de girasoles, el verde de los Pinares, las aguas oscuras del padre
Duero, el azul del cielo del Cañón del río
Lobos salpicado de siluetas, hasta el rojo de las puestas de sol
en sus limpios campos. Los lugareños son amables y atentos,
suelen dar los buenos días en tan perfecto castellano que
nos obligan a responder con la misma fraternidad. Es una tierra
que no está superpoblada, con lo cual la gente no está
“harta de la gente”, un lugar donde se respira paz,
donde los paseos bajo los álamos, siguiendo el tranquilo
curso de los ríos, invitan a caminar, al diálogo
y la reflexión.
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La provincia de Soria alberga también
algunos de los yacimientos arqueológicos más significativos
de la Celtiberia, como Numancia, Uxama y Tiermes. La primera encabezó
la resistencia celtibérica contra Roma a lo largo de veinte
años, siendo una auténtica pesadilla para los orgullosos
Hijos de la Loba Capitolina. Y de su asedio y rendición
hace ya 2100 años, surgió una nueva Numancia romanizada,
cuya visita merece la pena si se tiene la suerte (como nosotros
la tuvimos) de que el guía sepa transmitir, con orgullo,
el asedio final de esos once meses; cómo era el día
a día de nuestros aguerridos antepasados, las largas noches
al amor de la lumbre, y cómo atronaban los oídos
de los asediantes con cuernos de cerámica que aullaban
al viento. Nos habló de su ingenio para elaborar armas
que luego el enemigo hizo suyas y se expandieron por todo el Imperio
Romano como la “espada corta romana” o gladius.
También
visitamos el yacimiento de Tiermes, antigua Termancia, donde se
integran armoniosamente las ruinas con su incomparable paisaje,
hasta el punto de ser llamado la Petra en España; fue igualmente
delicioso, pues al hacer de guía arqueólogos voluntarios
de varias nacionalidades, y estudiantes que pasan sus vacaciones
en las excavaciones, te transmiten su entusiasmo y convierten
la visita en una pequeña aventura. Sin embargo es mucho
lo que queda por excavar y muy escasos los recursos.
También la visita al Burgo
de Osma es de gran interés, sus calles protegidas con soportales,
sus plazas de sabor medieval, y su magnífica catedral donde
podemos ver uno de los claustros más impresionantes de
Soria. Este es de estilo gótico con unos enormes ventanales
cerrados que invitan a aislarse del mundo, algo que contrasta
con los claustros románicos donde los monjes estaban más
en contacto con el jardín central, es decir, más
cerca de la naturaleza. Sus altos techos acabados en ricos y lujosos
artesonados góticos, invitan más a la vanidad de
la apariencia que a la humildad de la oración.
De camino hacia nuestro último
destino del día, nos sonreímos al pasar por los
pueblos Villaciervos y Villaciervitos, donde curiosamente pudimos
ver un ciervo comiendo cerca de la carretera. Poco antes de la
puesta de sol llegamos al afamado Calatañazor ( o Castillo
del Azor), que también plantó cara al asedio del
temido caudillo moro Almanzor; de ahí la rima de “Calatañazor,
donde Almanzor perdió su tambor”...En la vieja Voluce
(su nombre celtibérico) el reloj se paró hace mucho
tiempo, detenida en una Edad Media de esplendor que nos cautiva
por lo auténtico de todo lo que vemos, y de todo lo que
oímos, pues el guía del Museo-Iglesia de Nuestra
Señora del Castillo (Andrés Soria Sala) pareciera
salido del arcón de la abuela. Su entusiasta explicación
fue más cantada que hablada, como hacían los antiguos
maestros de escuela para que nos aprendiésemos la lección.
Aún recordamos con simpatía aquello de “ ...eso
que ven en la paaaareeeeed, es un Ba-fooooo-meeeet, que trajeron
los Templarios de Meeeeejicoooo...” (algunos libros sugieren
que fueron los Templarios quienes proporcionaron a Colón
parte del avanzadísimo instrumental, y cartas de navegación
que le llevarían a descubrir el ¿Nuevo Mundo?).
Ese Bafomet en la pared da mucho que pensar.
Nuestros
pasos se encaminan hoy por la Ruta del Cid, hacia la fastuosa
fortaleza califal de Gormaz, la más larga de Europa con
un recinto amurallado de casi 1200 metros y sus 28 torres. A orillas
del Duero desde el año 965, enclavada sobre un alto cerro,
desde lejos nos hace un guiño para que la visitemos, y
es que no podemos dejar de mirarla. El arco califal de la puerta
nos parece un enorme ojo de cerradura, y al mirar a través
de él nos viene a la memoria el dicho popular “¡ancha
es Castilla!”.
Ya en tierras de Berlanga, la
ermita mozárabe de San Baudelio del siglo X, nos asombra
y llena de frescura en su sencillez y la originalidad de su interior,
que parece una mini mezquita de Córdoba, y su único
pilar central, que se abre como una palmera de ocho ramas hacia
un cielo, cubriendo dos culturas que se dan la mano tras siglos
de enfrentamientos. En 1926 sus fantásticas pinturas fueron
arrancadas para ser llevadas indefinidamente al Museo Metropolitan
de Nueva York, y aquí es cuando a uno se le llevan los
demonios por semejante expolio. Las pinturas, de motivos animales
y vegetales, que no arrancaron por ser de menor valor
permanecen todavía como mudos testigos de la deshonra.
Algunos autores otorgan a este lugar la categoría de “iniciático”
y, como tal, la ermita tiene sus propias cuevas cavadas en la
roca, donde la oscuridad y el silencio se convierten en nuestros
compañeros de viaje durante unos minutos.

A unos 10 Km. de allí visitamos
la villa medieval de Rello, que posee uno de los conjuntos amurallados
mejor conservados de España. También aquí
nos acompaña un dicho popular: “El rollo de Rello
es de hierro”. Y es que su picota no es de piedra sino un
antiguo cañón del siglo XV. Nuestro olfato nos lleva
a la torre del castillo, donde una humareda señala que
algo se cocina allí dentro: es la fiesta de San Bartolomé
y una gran parrillada de churrasco sirve para homenajear al santo.
En la Plaza Mayor el pueblo entero está sentado a la mesa
disfrutando del festín, Señor Cura incluido, que
como sacado de una película en blanco y negro, o del mismísimo
No-Do, vestía sotana, alzacuellos y sombrero negro de ala
ancha... Pasamos de puntillas para no molestar y paseamos por
las callejuelas vacías de gente, pero llenas de piedra
e historia.
Ansiosos de ver los verdes pinares
que hacen de Soria un auténtico pulmón para la Península
Ibérica, nos acercamos a la señorial Vinuesa, llamada
la Corte de los Pinares, con casas blasonadas de otrora ricas
familias ganaderas que hoy permanecen en su mayoría cerradas,
pues la trashumancia está en extinción como el mismísimo
lince ibérico. Nos recibe un mar verde que no cesa nunca...el
flechazo es inmediato. Altísimos pinos que fueron mástiles
para los barcos de la Armada Invencible. De estos pinares se nutre
la importantísima industria maderera que ayuda a que los
jóvenes sorianos no abandonen el medio rural.

Como homenaje al Duero que nos
acompañó durante todo el viaje, decidimos subir
al nacimiento del río. Para ello ascendemos al Pico de
Urbión desde la Laguna Negra, son 2230 metros que han dejado
atrás pinares y vegetación, pero el sonido de los
cencerros en los altos pastizales nos recuerda que no estamos
solos. Y en la cumbre contemplamos extasiados las tres provincias
que allí se abrazan y se funden, trayéndonos a la
memoria los coloristas cuadros de Roerich. ¡Sorpresa! Alguien
tuvo la feliz idea de dejar una casita de hierro, así el
montañero puede dejar su mensaje dentro y tener constancia
de su hazaña. Cualquier reto con la montaña le llena
a uno de humildad y de agradecimiento.
Y aquí finaliza nuestro
viaje, sólo nos queda dar las gracias a esta Soria verde
de corazón esmeralda, a la Soria amarilla de los campos
llenos de girasoles, también a sus tranquilas gentes. Y
gracias a los caballeros Templarios que hicieron de esta tierra
un lugar enigmático. Gracias también al espíritu
de esta tierra, bien llamada “El Tibet de España”.
Soria... te llevaremos en el corazón.
Bibliografía
• Toda Soria y su provincia
• Rutas del Románico en la Provincia de Soria (C.
Enríquez de Salamanca)
• Calatañazor, donde el silencio es historia (J.J.
García Valenciano)
• Colón, el secreto mejor guardado (Oscar Villar)
Ed.NA
Gemma Herrero y Blas Cubells
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