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cuentos
EL SOMBRERO MÁGICO
Este cuento también puedes escucharlo,
con voz real y música de fondo, gracias
a Nacho, a quien envío desde aquí un cordial saludo:
-¡Mira papá! He encontrado
un trébol de cuatro hojas.
-Déjame ver...¡Sí! de cuatro hojas.
-Eso me dará suerte ¿verdad?.
-Claro hija, eso te dará mucha suerte.
-Entonces... ¿el trébol tiene magia?
-Sí así es.
-Pero papá, si yo no creo en esas cosas.
-Entonces hijita mía no te dará ninguna suerte.
-Pues no entiendo por qué.
-¿De verdad no lo entiendes?
-No, no lo entiendo.
-Bien, entonces te contaré una historia para que lo comprendas;
le sucedió a un amigo mío, un amigo muy especial
que conocí cuando tenía tu misma edad.
-¿Qué historia es esa papá? Yo la llamo “El
sombrero Mágico” ¿Quieres oírla?
-Sí claro que sí ¡cuéntamela!
Cuando yo era niño pasaba
todos los veranos en el pueblo de la sierra. Un día quise
pasear yo sólo por el bosque, por un sendero que conocía
muy bien, pero sin darme cuenta vino el atardecer, el sol se escondía
entre los árboles, el aire era fresco y con ese olor que
deja la lluvia reciente, ya se veían las primeras estrellas
en el cielo, los pájaros formaban con sus cantos un enorme
jolgorio... Y allí estaba, sobre un viejo tronco, con un
hermoso sombrero, mi amigo Sintosis. Me acerqué a él
despacio, aún no nos conocíamos, y le dije: ¿Quién
eres?
-Soy Sintosis, un duende del bosque
Yo pensé que bromeaba pero le dije ¡qué sombrero
más bonito tienes!
-¿Te gusta? Es un sombrero mágico, bueno, al menos
eso creo, lo heredé de mi padre pero no estoy tan seguro
de que sea mágico.
-¿Y cómo es eso?
-Es una larga historia pero te la voy a contar, ven siéntate
conmigo.
En este mismo bosque, hace muchos,
pero que muchos años, vivía un viejo duende llamado
Estorio. Tenía tres hijos: Tosis, Antosis y Sintosis, osea
yo, osea que el viejo duende Estorio era mi padre. Cada uno de
los hermanos teníamos nuestro propio carácter, nuestra
especial forma de ver las cosas por lo que siempre solíamos
pensar de forma diferente. Nuestra madre, llamada Olma, hacía
tiempo que ya no estaba con nosotros, pues a todos los duendes
nos llega el momento de descansar, de volver a la naturaleza y
fundirnos con ella, porque los duendes nunca morimos, estamos
hechos de energía y cuando esta energía se gasta
con el tiempo, vuelve al lugar de donde surgió, a la Madre
Naturaleza, por eso nunca encontrareis un cementerio de duendes.
Aunque echábamos de menos a nuestra madre Olma, vivíamos
bastante felices en nuestro enorme árbol, un viejo pero
vigoroso abeto, el más confortable hogar para un duende
del bosque.
Todos trabajábamos, pues
Tosis tenía ya 203 años, Antosis 240 y yo 285, por
lo que no éramos duendes-niños, sino más
bien duendes-jóvenes, listos y preparados para participar
en todas las labores del bosque y ayudar en la comunidad de duendes.
No se si lo sabréis pero los duendes siempre estamos muy
ocupados; ayudamos a todos los seres del bosque para que crezcan
sanos; avisamos a las hormigas de cuando va a llover para que
se refugien y cierren el hormiguero; ayudamos a los pájaros
a construir sus nidos con pequeñas ramitas; y cuando una
cría de conejo o ardilla se pierde en el bosque la llevamos
junto a sus padres; también solemos esconder las botas
o las gorras de los cazadores para entorpecer su caza, incluso
en el último instante les movemos la escopeta o espantamos
al animal para que se escape. Cuando llega la primavera, tras
un frío invierno donde todo parece dormir, les hacemos
cosquillas a las plantas, a los matorrales y a los árboles
para que despierten del invierno y estallen en miles de flores
multicolores. Especialmente sensibles a nuestras cosquillas son
los almendros, por eso son los primeros en mostrar sus blancas
flores. Este es, sin duda, el trabajo que más nos gusta
a los duendes, aunque a veces es duro, pues hay arbustos muy tacaños
que se niegan a florecer y entonces nos toca cantarles y bailarles,
algo a lo que no se resisten, cada sonrisa es como una flor.
Como puedes ver éramos una
familia feliz, todo lo feliz que puede ser un duende. Sólo
una cosa parecía preocupar a nuestro padre Estorio, por
las noches junto al fuego se pasaba horas y horas observando con
preocupación su sombrero mágico, el sombrero Vortud,
el sombrero que conduce a su dueño por el camino del bien
y la felicidad. Este sombrero lo recibió como regalo de
un misterioso mago al cual ayudó varias veces, mucho tiempo
atrás. No recuerdo muy bien su nombre... ¡Ah sí!
El mago Mestron. Debió quedar muy contento con la ayuda
que nuestro padre le prestó, para regalarle nada menos
que ¡un sombrero mágico! El sombrero Vortud que ayuda
a llevar una vida digna y llena de alegrías. Pero antes
de entregarlo a mi padre el mago le puso una condición,
que el sombrero debía pasar de padres a hijos. Sin embargo
nada dijo para los casos en que el hijo no es uno... ¡sino
tres! Así pues la felicidad de nuestro padre Estorio estaba
empañada por esta preocupación ¿a quien de
sus tres hijos dejaría el sombrero mágico Vortud?
Mi padre nos quería mucho
a los tres, cada uno de nosotros éramos muy diferentes,
pero para él cualquiera de nosotros merecía recibir
el sombrero Vortud. Para elegir a uno, ser justo y no equivocarse
decidió observarnos muy bien, con mucha atención,
tenía que resolver el problema pronto, pues la hora de
fundir su energía con la energía de la naturaleza
estaba muy cerca. Al igual que sucedió con su querida Olma,
su esposa, él también merecía descansar y
dormir, por muchos años, mecido por el viento y acariciado
por los rayos del sol.
Estorio, mi padre, en sus observaciones, vio que Tosis era un
soñador, un fantasioso que creaba a su alrededor mundos
inexistentes, que otorgaba a las cosas cualidades que no tienen,
bueno... a veces sí acertaba y eso le daba ánimos
para seguir soñando. Antosis sin embargo, era más
práctico, sólo veía aquello que, evidentemente,
se ofrecía a sus ojos, no otorgaba cualidades a las cosas
a menos que se le enseñara a verlas, y se divertía
mucho contradiciendo a Tosis en cada una de sus nuevas ideas.
Esos sí, cuando no podía fruncía el ceño
diciéndose a si mismo ¡no lo entiendo, no lo entiendo!
Por otra parte, yo, Sintosis, no me parecía en nada a mis
hermanos, ni otorgaba ni dejaba de otorgar cualidades a las cosas,
pero tenía la habilidad de poner paz entre las disputas
de Tosis y Antosis. Cuando veía que uno tenía razón
se la daba y el otro la aceptaba, estábamos los tres muy
unidos, juntos aprendíamos muchas cosas nuevas sobre la
vida en el bosque. Nos queríamos como buenos amigos y,
claro está, como buenos hermanos.
Así pues mi padre no encontraba
una razón, un buen motivo que le hiciera elegir a uno u
otro. Pero no se rindió, pensó y pensó y
siguió pensando durante más de tres meses, ya sabes
que para los duendes el tiempo no corre tan deprisa como para
vosotros. Y finalmente tuvo una brillante idea, por lo que convocó
a toda la comunidad de duendes del bosque para que escucharan
la decisión que tomaba sobre el sombrero mágico
Vortud.
Todos se reunieron en el claro
principal del bosque, donde solemos tener nuestras reuniones y
celebrar las fiestas. Cuando acudimos nos quedamos sorprendidos
al ver, sobre un viejo árbol, tres sombreros idénticos
¡iguales que
Vortud! Mi padre estaba sentado
al lado de ellos, nos miraba y sonreía feliz.
Cuando toda la comunidad estuvimos reunidos, incluido algún
que otro pajarillo, conejo, o ardilla curiosa, Estorio se alzo
sobre el tronco y dijo con voz grave pero divertida: “Todos
sabéis que pronto os dejaré para dormir y descansar,
en los brazos de nuestra Madre Naturaleza, y todos conocéis
el regalo que el mago Mestron me hizo, el sombrero mágico
Vortud que confiere al que lo posee una vida digna y feliz, el
cual tengo que entregar en herencia a uno de mis hijos. Si os
preguntara cuál de mis hijos es merecedor, por su comportamiento
y buenos sentimientos, de poseerlo, tendríais el mismo
dilema que he tenido yo durante varios años, pues los tres
son buenos hijos, los tres son trabajadores, los tres son respetuosos
y generosos de verdad. Durante algún tiempo estuve disgustado
y contrariado por esta carga, pero... ¿cómo puedo
estarlo? La vida me dio tres bendiciones, tres hijos de los que
sentirme orgulloso, debo pues estar agradecido y agradecido estoy
de corazón... Mis tres hijos tendrán cada uno su
sombrero mágico Vortud.”
Se oyó un murmullo a su
alrededor. ¿Cómo puede ser que ahora tenga tres
sombreros mágicos? ¿De dónde habrá
sacado los otros dos? Y cosas así nos decíamos unos
a otros. Los tres hermanos nos mirábamos los unos a los
otros entre incrédulos y divertidos, no ambicionábamos
el sombrero, y lo que padre decidiera bien estaría.
Mi padre alzó las manos
en señal de silencio, todos enmudecieron, y entonces dijo:
“No, no existen tres sombreros mágicos, solo hay
un Vortud que como todos sabéis, otorga, o mejor dicho,
ayuda e inspira para que su dueño sepa ser agradecido de
verdad; para que sea responsable de todos sus actos; sencillo
en su forma de vivir; comprensivo con todos; generoso, humilde
y honesto, y así poder llevar una vida dichosa y feliz.
Por lo tanto dos de estos sombreros no son mágicos pero
los tres son idénticos, tan parecidos que ni yo mismo sabría
distinguirlos. Hijos míos, coged cada uno un sombrero y
guardadlo como si fuera el auténtico, pues podría
serlo, y tratad de llevar la vida que Vortud inspira, al cabo
de los años sabréis quién tiene el verdadero
sombrero. Será aquel que consiga llevar una vida digna
y feliz.”
Y cuando mi padre hubo terminado
de decir esto, se despidió de todos con una sonrisa amable
y se internó en el bosque. Ahora estaba tranquilo, por
fin podría dormir el gran sueño y tener su merecido
descanso.
Los años pasaron desde aquel
día, pasaron los siglos también y cada uno de nosotros,
los tres hermanos, formamos nuestra propia familia, y cada uno
de nosotros pensamos, estamos convencidos de que somos los poseedores
de Vortud. Tanto esfuerzo pusimos en llevar una vida digna y feliz
que aún no sabemos quién fue el afortunado, y creo...
creo que nunca lo sabremos.
Blas Cubells Villaba
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