PINCELADAS
LITERARIAS®
Ejercitando el misterio de escribir
(Textos realizados
siguiendo el temario de un taller de escritura creativa).
“Imaginemos a alguien
de unos cuarenta años que, con cualidades como escritor
(sin él saberlo), decide hacer un curso de escritura
creativa. De pronto se reencuentra consigo mismo y vuelca,
en cada ejercicio y exigencia del curso, toda la fuerza
creativa y profunda acumulada durante años, descubriéndose
como escritor, dando expresión a una vocación
hasta entonces casi dormida... Pues eso es Pinceladas literarias.
Ojalá este libro sirva para que otros, también
escritores potenciales, se reencuentren con el misterio
de escribir”.
El libro sigue el
orden del curso. Cada escrito comienza con el enunciado
y la exigencia de un ejercicio, abarcando todas las posibilidades
de la novela.
®
Libro inscrito en el Registro General de la Propiedad Intelectual.
Número de asiento 09/2007/1743
DIARIO DE UN FILÓSOFO
COTIDIANO
Libro en preparación, junto a otros escritores,
de un blog sobre filosofía cotidiana. La temática
que suelo tocar está bajo el apartado FILOSOFÍA
CONTRACORRIENTE.
Muestra:
Androides que nos emocionan
Desde muy joven siempre me llamaron la atención
esas películas donde una máquina, un cerebro electrónico, acababa
comportándose como un ser humano. Recuerdo que solía reflexionar:
si el hombre es una máquina, ¿por qué no va a ser posible crear
una máquina tan perfecta que sea capaz de dar a luz un alma, o
encarnarla? Ya se que es ingenuo pensar eso, que a lo más que
podemos llegar es a la inteligencia artificial, y que en tal caso
no se deja de actuar con respuestas automáticas, muy sofisticadas,
pero programables a fin de cuentas.
Pero entonces, ¿Por qué nos emociona tanto ver
a una máquina con sentimientos?
Es una formula que funciona y el cine ha dado buena
muestra de ello, por ejemplo:
- 2001: Una odisea del espacio. Dirigida
por Stanley Kubrick en 1968, en ella el ordenador HAL 9000 se
equivoca y para disimular (muy humano) se carga a varios tripulantes.
- Engendro mecánico , película de 1977
dirigida por Donald Cammell. En ella un superordenador se niega
a decir como sacar petróleo del fondo del océano para no perjudicar
la vida marina, y luego se las arregla para renacer en un ser
de carne y hueso.
-
Blade Runner, dirigida por Ridley Scout y estrenada en
1982. Todo un clásico de la ciencia ficción, donde el androide
Nexus-6, poco antes de morir, se convierte en poeta cantando a
la belleza de todo lo que ha visto, y muestra su pena porque todo
eso se perderá en el tiempo "como lágrimas en la lluvia".
- Yo, Robot de Alex Proyas, protagonizada
por Will Smith. En donde el robot NS-5 desarrolla simpatías y
hasta podemos encontrar psicólogos de robots.
- El hombre bicentenario , protagonizada
por Robin Williams y dirigida por Chris Columbus. Un alma de artista
surge en Andrew, un autómata de serie.
Personalmente, la que más me ha emocionado siempre
es Blade Runner, y las razones que se me ocurren son varias, por
un lado sigue siendo un misterio cómo el hombre dejó de ser animal,
regido por instintos (hombre-máquina), y pegó el salto para convertirse
en un ser consciente de sí mismo (unos más que otros, claro),
con toda su riqueza de sentimientos, ideas, expresiones, etc.
Es como si, esos argumentos de película, nos pusieran frente
al misterio de esa realidad de una forma directa y desnuda.
Creo que nos identificamos con las máquinas, con
esos androides programados que no saben hacer otra cosa que repetir
y repetir (algo que el ser humano también hace), y no podemos
dejar de emocionarnos cuando uno de ellos, de manera inexplicable,
rompe con las cadenas de su automatismo, y se convierte en...
"algo más".
Intenciones
A raíz de varias conversaciones, tanto en
este blog como fuera de él, me vino hace unos días
una pregunta, no es que lo pensase sino que surgió y se
apodero de mi atención sin más, y es: ¿qué
hace que personas inteligentes, cultas, serias en sus reflexiones,
con un peso importante en la cultura y muy respetados, lleguen
a conclusiones diferentes, cuando no contrapuestas, en temas importantes?
¿Será la experiencia que, buena o
mala, hace que uno se incline hacia determinadas respuestas antes
que hacia otras?
¿Será que sólo encontramos
aquello que buscamos, porque de alguna forma ya lo llevamos dentro?
¿Será la costumbre de no querer cambiar
las ideas, que con tanto esfuerzo hemos cultivado a lo largo de
nuestra vida?
¿Será el orgullo de querer tener
razón antes que de encontrar una verdad de manera sincera?
Si la respuesta a mi pregunta es una de estas…
andamos mal, pues todas ellas tienen condicionantes demasiado
pesados, y lo digo más allá del método que
utilicen para hallar sus certezas, sean lógicos, de sentido
común, o intuitivo, pues aún utilizando métodos
similares se llegan a diferentes conclusiones.
Descartes inició sus ideas filosóficas
desde una trinchera y como reacción contra unas creencias,
las que provocaron en Europa la guerra de religiones. Nietzsche
comenzó a tener certezas tras caer enfermo, empezar a cuidar
su salud y estudiar a Epicuro. Unamuno parte de la enorme desazón
que le provoca no encontrarle sentido a la vida, y es sólo
desde ese “sentimiento trágico” que expone
su criterio de la verdad, la vida. Cada cual tiene su intención,
su impulso.
En mi vida me he encontrado con personas que, con
tal de no dar su brazo a torcer, han mentido como bellacos, cambiando
la realidad de los hechos para llevarse ellos el “gato al
agua”, o rebatiéndote sin tener ni idea del tema,
sólo para que todos vean lo maravilloso que es uno. Está
claro que el que no tiene la intención de buscar la verdad,
ni siquiera en las cosas cotidianas, mucho más difícil
le será encontrarla en los grandes temas, sean estos científicos,
filosóficos o políticos.
Creo que esa es la clave de mi primera pregunta,
más allá de los discursos, las investigaciones y
las palabras, subyace la “intención”, verdadera
esencia de lo que en realidad somos. Hay que cambiar la frase
que dice: “Dime con quién andas y te diré
quién eres” por esta otra: “Háblame
de tus intenciones y te diré quién eres”.
Al final resultará ser que el hombre es
eso, una intención adornada de razones que justifican cuanto
hace y siente.